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Hacer la Guerra es más Fácil

Foto: brucehennigan.com
Faltaban 5 minutos para las 8 de la mañana y la tranquilidad de Hawái llegó a su fin, los bien entrenados pilotos japoneses descargaron bombas y una lluvia de balas sobre la base naval de Pearl Harbor, destruyendo toda una flota naval, aviones, matando 2.000 soldados y dejando a 1.000 heridos. La reacción no podría ser otra que la declaración de guerra por parte de los Estados Unidos a Japón y su ingreso a la Segunda Guerra Mundial.

Así de fácil se comienza una guerra – Una provocación, un interés económico, una disputa de territorios o unas diferencias ideológicas son el combustible para encender un conflicto que en su proceso deja cientos, miles o millones de víctimas.

"Si bien es fácil comenzar la guerra, lo más difícil es acabarla. Históricamente se ha hecho más difícil hacer la paz. En muchas regiones del planeta hoy en día la guerra está presente y los conflictos llevan décadas sin lograr la paz.

Si bien es cierto que los enfrentamientos se dan en muchas ocasiones entre países, hay grupos dentro de los mismos países que quieren continuar con los enfrentamientos bélicos, muchos porque no están de acuerdo, otros porque sus plataformas políticas son fundamentadas sobre la premisa de vengar la muerte y el daño causado y creen que por la vía de las armas algún día lograrán someter al enemigo.

Por ejemplo, Anuar El Sadat, presidente egipcio entre 1970 y 1981, fue el primer presidente en reconocer a Israel como una nación soberana. No solo eso, también aceptó los acuerdos de Paz de Camp David, abandonando el proyecto del Panarabismo (dominación árabe en Medio Oriente). Lo anterior le llevó a ser depositario del Premio Nobel de la Paz en 1978 pero también a ser asesinado por la extrema derecha egipcia en 1981.

Otro ejemplo, Isaac Rabin, Primer Ministro de Israel, quien también recibió el Premio Nobel de la Paz fue asesinado por la extrema derecha ya que su idea plasmada en los Acuerdos de Oslo, era alcanzar paz entregando territorios a Palestina. Recordemos que, en la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel se adjudicó territorios de países vecinos, lo cual ha sido objeto de una guerra constante entre Israel y Palestina.

Sin embargo, la extrema derecha no estaba dispuesta a perder territorios, muy a pesar de que esos territorios le pertenecían desde antes a Palestina y que se salían de los territorios acordados por la ONU en 1948. En conclusión, la paz no se alcanzó y nunca antes se estuvo tan cerca de alcanzarla, teniendo en cuenta que Rabin fue militar en la guerra de 1967 y estaba dispuesto a lograr la paz, Netanyahu sube al poder y en vez de luchar por lograr la paz, decide construir asentamientos en los territorios ocupados, exacerbando los ánimos nuevamente con los palestinos.

Esos son solo dos ejemplos de lo difícil que es hacer la paz. Al ser humano se le hace más sencillo empuñar un arma y atacar al enemigo que tratar de encontrar una salida diplomática, por lo menos con la diplomacia se pueden insultar o acusar en escenarios concertados hasta alcanzar un acuerdo, pero no se están matando en el desierto, la ciudad o la selva. Sobre todo, teniendo en cuenta que quienes mueren son nuestros jóvenes (recuerdo con tristeza la guerra de Iraq Irán, la cual acabo con una generación completa). Se le llama el síndrome del enemigo, la idea de que el enemigo no tiene ningún argumento válido y es un ser despiadado al que hay que acabar a como dé lugar así eso signifique cometer los actos más atroces supuestamente justificados.

Lo más fácil es llamar a la indignación de la gente, después de todo el ser humano siempre quiere justicia, la diferencia es que en un acuerdo de paz hay que negociar y negociar también significa perder, perder algo para alcanzar un objetivo en común.

Foto: elmundo.es

Lo que sucede es que las sociedades que han crecido en medio de la violencia se acostumbran a convivir con la violencia, no solo la que produce, por ejemplo, nuestro conflicto en Colombia con los grupos insurgentes sino la cultura de la confrontación – La gente se acostumbra a un lenguaje violento y adoptan la idea de que se necesita levantar la voz hasta gritar más que el enemigo, comparar fuerzas, encontrar a un líder que nos de la victoria, porque hay que dejarle lo difícil a los demás pero no nos involucramos, nos comemos, nos devoramos, todos son de diferentes bandos, siguen diferentes ideas y quieren que sus ideas gobiernen sin escatimar en pisotear las ideas de los demás, se hacen llamar patriotas y amantes del ejército y lloran cuando un militar muere pero siguen pensando en más guerra, repudian el reclutamiento de niños pero quieren seguir disparando sin darse cuenta que estamos acabando con nuestros hijos. Ven el símbolo de la paz, una paloma, en el uniforme de un soldado y se indignan porque un soldado esta es para la guerra, para matar guerrilleros porque hay que matarlos, acribillarlos, porque estamos en guerra, ¡Que cuentos de dialogar! Hay que darles bala, ¡Que cuentos de zonas de reclusión! Los queremos ver en un calabozo, así como ellos recluían a nuestros soldados en la selva.

Ese lenguaje siempre tendrá más seguidores que el lenguaje pacifista, es más, si uno revisa Twitter, los trinos que mayor difusión tienen son los que están impregnados con ese lenguaje y si criticas dicho lenguaje eres un acomodado al gobierno, un ignorante porque prefieres ver guerrilleros reinsertados a la sociedad, porque lo que ellos merecen es “morir”.

Entonces, así es imposible, quienes conocen mis escritos saben que siempre llamo a la unidad – Porque creo en la gente, porque creo que antes de pertenecer a una vertiente política hay cosas que nos tienen que unir, si Anuar El Sadat lo pudo hacer después de conocer la guerra y si lo intentó Isaac Rabin al querer la paz con Palestina, ¿por qué no lo podemos lograr nosotros? ¿Por qué continuar con esa arrogancia que nos tiene caminando en círculos por décadas? ¿Por qué oponernos a cada intento de alcanzar la paz y seguir con el rencor que nos consume? Posiblemente por lo mismo que ellos no vieron sus sueños de paz cumplidos: por el triunfo del odio, de la venganza, de los que no quieren ceder algo al enemigo sino desaparecerlo, así eso signifique continuar enterrando muertos de una guerra que se perpetúa sin ver la luz al final del túnel.

“Es que están entregando el país”, “es que así empezó Cuba”, “los venezolanos también creían que no les vendría lo que les vino”, “vamos camino al comunismo”, todas estas frases hacen que la gente sienta miedo, como cuando alguien se sube al avión y dice que hay una bomba y la gente sale despavorida sin ser cierto y se reúsa a volver a subirse al avión. Es el lenguaje del terror del que viven muchos y que encuentran en una población exhausta de violencia a unos perfectos vehículos transmisores de la misma retórica de la guerra.

Cierto, Santos tiene un nivel de aprobación muy bajo, ha cometido errores, los malos momentos económicos del mundo han contribuido al bajón económico del país. Lo triste es que muchos sienten satisfacción por lo que está sucediendo y lo mezclan con lo que sucede en La Habana, porque tienen una cuenta pendiente con Santos, al haber tomado un rumbo diferente al de Uribe. Pero en lo último que pensamos es en sacar adelante entre todos al país – Muchos ‘opinadores’ indignados que cada día se prestan para este juego, pero pocos que aporten ideas y soluciones.

Estamos en un punto crítico de la historia, podemos convertir este momento en una etapa histórica en la que cambiemos como país, o podemos seguir echándonos culpas y alimentando odios que nos hunden cada día más.  




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